Los museos también están hechos para romper sus reglas
- María Gabriela Mena G.
- 24 feb 2017
- 4 Min. de lectura
No es que quiera incitarlos a romper las reglas en los museos, pero me pregunto si alguna vez se han sentido lo suficientemente libres en estos espacios como para hacer algo que no imaginaron serían capaces de hacer...

Guardo un recuerdo imborrable del año 2003 cuando realicé un proyecto de educación en museos con niños. Antes de la visita, pedí a los participantes dibujar lo que para ellos era un museo. Las hojas estaban llenas de símbolos de prohibición, esa señal circular roja con una línea diagonal en el centro que indica todo lo que no estamos autorizados a hacer en un museo: hablar fuerte, correr, tocar, tomar fotos, reír…
En contraste, la evaluación luego de la visita, dio como resultado dibujos donde los niños aparecían retratados en el museo sin ninguna señal de prohibición. Me permito pensar que durante la visita, que más bien fue como un viaje de aventura, los niños llegaron a sentir que estaban rompiendo todas las reglas preestablecidas, lo cual les llenó de una satisfacción única ante tal hazaña.
Este recuerdo me hizo pensar que tal vez la experiencia de visita al museo puede ser enriquecida por ese toque de suspenso y adrenalina que nos produce el romper algunas reglas... Para indagar en esta idea, quisiera recapitular algunas historias, que giran entre la rebeldía y la disputa del museo como un espacio abierto al diálogo.
Por un lado están aquellos actos donde más que la irreverencia, es la razón la que se impone, es decir que queremos hacer en el museo “lo que se debería hacer” aunque el guía o el guardia de turno crean que está prohibido. Sobre esto les cuento una vivencia:
Fue unos 15 años atrás en la muestra del artista Jesús Soto, exponente del arte cinético. Pude realizar una visita muy divertida, saltando frente a las obras para sentir el movimiento del arte. Los vigilantes de la exposición se mantenían alertas como buscando una razón para poder regañarnos y prohibirnos seguir con nuestro particular estilo de visita. Pronto hubo una buena excusa para la prohibición. Fue mientras circulábamos por las esculturas penetrables, una sucesión de tubos verticales suspendidos del techo al piso, que generaban efectos visuales mientras se movían por el paso de las personas. Resulta que al querer retroceder para ver el movimiento de forma inversa, descubrí gracias a un grito, que era prohibido caminar en el sentido contrario al establecido por el museo…
Me pregunto si el artista habría pensado que sus esculturas sólo debían verse y sentirse caminando de norte a sur. Todavía pienso que esa fue solo una decisión arbitraria del vigilante de turno que no me permitió seguir viviendo la experiencia a mi manera.
Por otro lado, existen esas prohibiciones que están institucionalizadas en el museo, por ejemplo no tocar y no tomar fotos. Sobre éstas estoy segura que no solo yo, sino también ustedes tienen más de una anécdota. Pero hoy quisiera compartir dos sucesos recientemente ocurridos:
Visité con un par de holandeses un museo en Quito, donde se nos advirtió la prohibición de tomar fotos al interior de las salas. Cuando entramos a ver un espectacular conjunto escultórico colonial, el holandés de edad más avanzada pidió que se le permita tomar una foto. En ese momento el más joven, con una sonrisa traviesa, dijo “yo ya he tomado algunas”. Entonces se sintió una especie de distensión en el ambiente como cuando dejamos de aguantarnos la respiración y por fin un poco de oxígeno vuelve a circular por nuestro cuerpo. De inmediato, teniendo un cómplice, el otro holandés se dio el gusto de tomar una foto de la escena que posiblemente sea la más hermosa que vio en la ciudad. Puedo llegar a pensar que en este caso, quebrantar la prohibición, logró establecer una relación de complicidad entre los viejos muros del museo y sus visitantes.
Pocos días después visité otro museo en Quito. Allí, con el objetivo de tomar una bonita foto (lo cual si es permitido) entré en un espacio donde sin haber una prohibición explícita, resultaba evidente que no era permitido ingresar. Sin embargo me dije a mi misma: “nada va a pasar si algunas veces se rompen las reglas”, y así lo hice. De inmediato fui regañada por uno de los vigilantes de la sala, lo que tan sólo exaltó mi acto rebelde y consolidó la sensación victoriosa tras la irrupción, inclusive siendo elogiada por el resto del grupo.

Volviendo a la pregunta inicial, sabemos que una experiencia positiva en el museo puede ser en sí misma el hecho de sentirse libre, saberse capaz, convertirse en un protagonista, por lo cual creo que eventualmente romper una regla puede ayudar a generar esa sensación.
No digo que romper las reglas en los museos deba ser la nueva norma, sobre todo porque hay muchas prohibiciones que están bien justificadas y que son necesarias para garantizar la seguridad de los visitantes, los bienes y la infraestructura. Pero siempre y cuando no se ponga en riesgo ningún factor, no creo que es tan grave que una o dos reglas sean vulneradas.
O mejor aún, los museos pueden provocar que algunas veces los visitantes lleguen a sentir que están rompiendo las reglas sin siquiera hacerlo. Por ejemplo cuando correteamos un poco en una sala, o cuando nos reímos a carcajadas, cantamos o hablamos en voz muy alta.
En general cuando hacemos esas cosas que nos habían prohibido hacer los museos tradicionales y antiguos, pero que los museos del siglo XXI no lo prohíben nunca más porque simplemente buscan que los visitantes nos sintamos libres para disfrutar de una experiencia placentera.

Comentarios